La rayuela dibujada con tiza blanca, robada con picardía y autorización de los pizarrones verdes que se usaban en 1993 y aplastada en el piso de cemento del patio central del colegio. Los números, la tierra, el cielo. La payana, en cualquiera de las esquinas y con las piedras que se encontraran. Tirar para arriba y juntar bien rápido, hacerlo de nuevo, avanzar de nivel, otra vez, más de prisa, como si se intentara un truco de magia. La mancha, el policía y el ladrón, la escondida, las cartas, el veo- veo, las estatuas, el juego de las sillas, el huevo podrido, el mensú. El quemado, con las líneas de colores azul o amarillo pintadas en el suelo y que marcaban las canchas que se usaban en la clase de educación física para los partidos de vóley, los de handball. Marina, una de las chicas del grado, era la mejor. Siempre capitana. A los 10 años lanzaba la pelota negra y roja hecha de pequeñas tiritas de goma elástica con la precisión de un cirujano en el que se puede confiar y no fallaba, nunca fallaba. Parecía que ya se había recibido. Marina lanzaba y te mataba. Te dejaba fuera de juego.
El álbum de figuritas de Beverly Hills 90210 con escenas de la serie de los hermanos Brandon y Brenda, que estaban enamorados de Kelly y Dylan. El montoncito de repetidas atado con una bandita y ordenado. De las más a las menos. Listo para cambiar. Late, late, nola, late. El álbum de stickers, con la bailarina de ballet rubia en la tapa, su tutú fucsia y dentro pegatinas que en su mayoría eran suaves al tacto, como una niña creería es acariciar a un oso panda chiquito. Había unicornios, patos, jirafas, corazones, gatos, arcoíris, frutas, conejos, flores, globos, cerdos y unos muñecos que se llamaban Trolls y tenían el pelo peinado para arriba y en tonos de un futuro. Había un juego más: el rango. Las hileras larguísimas por todos los metros que se podían para saltar el rango y una más, una más, una más. Había que hacer una letra ele con el cuerpo –las piernas estiradas, la espalda doblada pero recta a la altura de la cadera en un ángulo de ojalá noventa grados, la cabeza metida hacia adentro para evitar un golpe y las manos apoyadas en las rodillas- y que un otro saltara por encima con las piernas abiertas.
Después también la vertical, todo lo que durara el recreo. La vertical contra la pared y así los diez minutos completos, con las piernas para arriba, las manos sobre el cemento ya algo rasgado por la cantidad de años, la cantidad de zapatos leñadores, de guillerminas, de zapatillas blancas pero absolutamente blancas porque si no, amonestaciones. El rostro colorado pero la vertical igual y a veces, las avanzadas, la vertical contra la pared y después una encima de la otra, alternando piernas abiertas, piernas cerradas, piernas abiertas y quizá hasta ocho niñas seguidas. Por una vez, qué pena que en esa época no se sacaban tantas fotos. La soga, la mejor era gruesísima y pesada pero alcanzaba una velocidad de meteoro. Quienes la hacían girar cantaban “sal, aceite, vinagre, picante” y comenzaban a dar tantas vueltas por minuto que quien estaba en el centro no podía desconcentrarse ni por el timbre, ni por una caída ajena. No. Había que prestar atención. Atención de compás. Y saltar, saltar, saltar, separarse apenas del cemento pero saltar, saltar, saltar hasta que el aire alrededor se convirtiera en bruma. En verano, en otoño, en invierno y en primavera.
Por último el elástico. Había blancos y había negros, había por todos los rincones. La del uno, la del dos, la del tres, la del cuatro, la del cinco, la del seis, la del siete, la del ocho (ayy la del ocho, se necesitaba de un giro ligero y seco para conseguirla), la del nueve. El elástico en el nivel de los tobillos pero también en el de las rodillas. El elástico todo el tiempo que fuera preciso para amaestrarlo. Incluso, el elástico sola en casa, con una silla como piernas para practicar, para regresar al recreo siguiente y brillar. Eso era, nada más. Disfrutar, a esa edad, por esos minutos. Después sí, volver a clase.